A partir de 5 años

El tiempo tiene nombre

Texto e ilustraciones de Laura Romero

Editado por Editorial Pípala

A partir de 5 años

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“-¡Mamá, espérame, no vayas tan deprisa! La madre de Caleb siempre sale de casa mientras se pone el abrigo. Dice que no le da tiempo. Pero el tiempo es Caleb poniéndose su abrigo. Ni muy rápido, ni muy lento. Solo el tiempo de Caleb.”

La madre de Caleb siempre va con prisas, pero Caleb tiene todo el tiempo que necesita para ponerse su abrigo. La abuela de Martina necesita la noche para escribir sus poemas, pero Martina tiene todo el tiempo que necesita para escribir su nombre. La hermana de Mateo siempre merienda mientras hace los deberes, pero Mateo tiene todo el tiempo que necesita para recortar estrellas. El vecino de Nicolás, la tía de Teo, el padre de Julieta, el hermano de Cloe, el tío de Berta… a tod@s les falta tiempo. En cambio, Nicolás, Teo, Julieta, Cloe y Berta tienen todo el tiempo que necesitan. ¿Y el padre de Zoe? Pues parece que está deseando que Zoe se quede dormida para seguir con todo lo que le queda por hacer…

Laura Romero, licenciada en Bellas Artes, es una artista polifacética que he tenido el placer de descubrir gracias a esta maravillosa publicación. Es capaz de crear con la pintura, la fotografía, el diseño gráfico, la escultura, la escenografía y, en este y otros casos, con la escritura y la ilustración. Gracias a su interés por la infancia (que la lleva a graduarse, en 2014, en Educación Infantil), ha publicado ya varios libros: “La voz de Tristán”, con Editorial San Pablo, y en francés “Le berger des boules de neige” y “Le meilleur monde du monde”.

Descubrir este álbum ilustrado fue un bonito flechazo, y supe que caería en mis manos sin remedio. Además, tenerlo en casa estos días ha sido verdaderamente significativo, ya que su mensaje ha cobrado todo el sentido en plena época de cambios y de nuevos proyectos en los que el tiempo me ha ido bastante escaso

Un tiempo que, como abanderado de honor de la relatividad, no todos lo tomamos de la misma manera. Subjetividad que alcanza su máxima disparidad cuando, además, comparamos la percepción de este tan preciado valor entre grandes y pequeños.

Los niños son “presente”, y “ahora” es lo único que existe. Su incapacidad de preocuparse por el pasado y de anticipar el futuro (características fundamentales que los definen) les permite dirigir su foco hacia un solo momento y una única acción, a la que entregan su máximo entusiasmo y dedican, siempre que se les permita, el tiempo que consideran necesario. Ni más, ni menos. Un tiempo que, si no hay interrupciones, respeta su ritmo, su necesidad de explorar y aprender y su autonomía para decidir hasta cuando.

Y precisamente esa capacidad es la que muchos adultos hemos perdido. Las exigencias y, sobretodo, las autoexigencias, nos arrastran hacia una espiral frenética de tareas por hacer que nunca terminan y para las que nos harían falta más horas cada día. Un ritmo que nos puede generar una sensación adictiva de bienestar (te sientes útil y resolutivo), pero cuya peor consecuencia es la desconexión de nuestras necesidades reales

Aunque todos hemos nacido siendo expertos en esto que llaman “mindfulness”, desafortunadamente no hemos sido educados para conservar esta capacidad que, ya de mayorcit@s, tanta falta nos hace para mantener la salud de cuerpo y mente. Y aunque reavivar esa capacidad es posible, no parece que sea nada fácil. 

Tras unas semanas en mi vida en las que, siendo muy consciente, me he dejado arrastrar por esta vorágine, este álbum ilustrado sentía que debía ser el protagonista de esta mi próxima reseña. Un álbum que, con extrema delicadeza, confronta la percepción del tiempo de adultos y niños a través de escenas en las que todos nos sentiremos protagonistas, mostrando la extrema subjetividad y relatividad del tiempo, y llevándonos a filosóficas reflexiones sobre el sentido de muchas cosas.

Tanto texto como ilustraciones me parecen de una belleza extraordinaria. La suavidad con la que nos hacen llegar este tremendo mensaje es exquisita. Tan exquisita como esa linda tortuga que se deja ver entre prisas para recordarnos que quizás haya que reaprender a parar para dar más sentido a nuestro tiempo, aquél que lleva nuestro nombre y que de nosotros depende poder disfrutarlo.

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